Explicación
Poco a poco iré agregando los retratos de los personajes. Sólo espero las vacaciones y verán las maravillas que haré :3
Gracias por su atención. Att. Lunir
-Trabajando en "Amethyst: Melany"-
-Actualizado: "Mis obras"-
Gracias por su atención. Att. Lunir
-Trabajando en "Amethyst: Melany"-
-Actualizado: "Mis obras"-
jueves, noviembre 18, 2010
Marauder: Yune
Nombre: Yune
Edad: 18 años
Región: Región de arena (Nombre pendiente)
Estilo: Monagasque - Ninja
Arma: Cuchillos
Canción: Don't Piss me Off ~ SoundTemp - RagnarokOnline
Una hija de la calle, entre los tumultos y las pequeñas casas de la región de arena se escondía robando un poco de comida de los ambulantes que ofrecían su mercancía. Nadie la notaba. Se tenía que andar con mucho cuidado en la oscuridad en la que siempre erraba.
Su nombre: Yune. Sus padres... no los conoció, una pandilla del desierto la recogió y la crió, la especializaron en las formas más extravagantes de robo, pero siempre teniendo cuidado de no involucrar físicamente a las personas afectadas. Nunca se le enseñó a tomar un arma, ni siquiera cuando los patrulleros del castillo le amenazaban con hacerla pedazos la próxima vez que la encontrarán robando la comida ajena... Era ya una costumbre verla como una acechadora entre toda la gente, cada año que pasaba ella se volvía más notoria, tenía que darse cuenta que ya estaba dejando de ser una niña y que la gente perdería la lástima por ella. Tenía que encontrar otra forma de vivir.
Con el paso del tiempo las cosas comenzaron a ponerse más agresivas; a esa edad ya no estaba segura de insultos, golpes, y posiblemente otras cosas, los hombres que resguardaban la ciudad la dejaban de ver como la frágil huérfana y la ponían más como una criminal a la cual pueden castigar si infringe las reglas. Comenzó a entrenar para defenderse y poder contestar cada golpe que recibía...
-Yune ¿Has pensado en convertirte en una misionera? Podrías ganar dinero, comprar lo que se te antoje, y no sólo comer lo que puedes robar...
Esa frase que había escuchado en su cueva siempre le retumbaba en la mente, no recordaba ni siquiera quien se lo había dicho, pero definitivamente le causaba una revolución mental... Sin dudarlo al siguiente día se fue a inscribir como misionera de la región de arena.
Le explicaron tantas cosas, no entendía casi nada; lo más rescatable era la oportunidad de salir a su antojo de la región y de aniquilar a todo aquel que esté fuera de las murallas que delimitan la ciudad. Todo sonaba exquisito, lo único que tal vez podría causarle problemas era el hecho de, ciertas ocasiones, necesitar compañeros para salir, pues pensaban que era mejor salir acompañado por la seguridad de cada uno de los que trabajaban en eso tan peligroso.
La primera vez que mató a uno de esos alacranes gigantes que atacaban brutalmente a las afueras de la ciudad se sintió como nunca antes, una felicidad le embriagaba, había aprendido mucho a pesar de salir de la batalla con rasguños y probablemente una pierna envenenada. Había podido desatar el odio que años había resentido a todo aquel que le dejó y abandonó... Con los cuchillos que le habían regalado sus camaradas todo era más fácil, sumando un estilo de pelea liviano y callejero, con gran elegancia, como una chica debe de ser, sentía que podía hacer pedazos a cualquiera.
Se empezó a acostumbrar, salir por algunas hierbas, partes de animales, o simplemente un poco de agua, lo que sea que le pidieran... Sí, a veces sentía que ahora estaba bajo las órdenes de un régimen, pero no era tan grave; cada que le recompensaban era un deleite para todos en la cueva, llevaba de la mejor comida que podía y los nuevos integrantes le tenían gran respeto.
Un día, sin razón aparente, empezó a sentir que algo le faltaba. Sentada en el desierto veía sus armas, sus cuchillos. En parte ya no era ella, ahora vestía de una manera más decente, tenía una gran familia en su cueva, ya nadie tenía que estar mal viviendo, pero sentía que necesitaba hacer más y más, nada era suficiente para complacer a las personas que amaba, tenía que existir alguna otra manera para asegurar que ellos estarían bien, por más que buscaba algo no lo encontraba, se sentía vació dentro de su pecho, no quería fallarles...
-¡Elizabeth!- escuchó la voz de un muchacho, gritó como si la mencionada fuera a morir. Yune se levantó a prisa y notó al instante una gran figura que se rodeaba de tormentas de arena y dos misioneros que yacían casi vencidos frente a él. La criatura alada les veía con extrañeza.
La ladrona de los desiertos se lanzó en contra de la manticore, que atacaba la vida de aquellos, con su cola de alacrán, de manera lenta y poco precisa, hechos que le daban más ventaja a Yune pues su fortaleza era su rápidez y agilidad. Pudo terminar rápidamente con la mounstrosidad sin ayuda de nadie, ya era una gran luchadora.
-Muchas gracias... - le dijo apenas en susurros el joven que tenía en brazos a su compañera desvanecida.
-No me agradezcas hasta que la salvemos, ese veneno debe ser de lo más peligroso que existe.
Sin duda aquel encuentro sería el más importante de toda su vida. Aquellos muchachos no eran simples misioneros, al hablar profundamente con ellos supo que conocían más de lo que se le permitía a cualquier mortal; un grupo de misioneros empezaban a reunirse para revelarse antes creaciones divinas. La vida en manos del ser todo poderoso se salían de sus manos, y la única forma de evitarlo era... destruir aquel mundo por completo.
-Y... ¿Si me uno a su resistencia? - preguntó Yune ya cuando estaban los tres en los aposentos de la joven del desierto.
-No te podemos dar nada material... pero ¿No acaso lo que quieres es la felicidad y bienestar de aquellos que te rodean? De tu familia - contestó el muchacho.
No había tiempo para pensarlo, el fin del mundo se acercaba velozmente, así que sin el menor titubeo Yune dejó una nota en su casa, para que cuando su familia regresará la viera. Lo único que decía era "Voy a buscar nuestra felicidad". Así fue como la ladrona del desierto se unió a los merodeadores.
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